Desde un alfiler a un elefante

Manuel Vázquez Montalbán

(De: Recordando a Dardé, 1969, Barcelona, Seix Barral)

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Nació en Barcelona en 1939. Es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona y graduado en Periodismo por la Escuela Oficial de Madrid. Cabal representante de un intelectual multifacético, no sólo se ha desempeñado como escritor (cuento, novela, teatro, poesta, ensayo), sino también como periodista, analista político, pensador de la vida cotidiana, ideólogo, gourmet. En 1962, cuando era militante del Partido Unificado de Cataluña, fue condenado a tres años de prisión. Por entonces se dio a conocer con un estudio sobre los medios masivos, Informe sobre la información. Su oposición al franquismo quedo explicitada en los artículos de la revista Triunfo (1969), con los que fue construyendo un público fiel a sus opiniones políticas, capaz de reconocer guiños e ironías. Especialista en política internacional y en medios masivos, colaboró en las publicaciones Siglo XX y La Calle, y abordó cuestiones de la vida nacional en crónicas semanales con sesgo humorístico, bajo el seudónimo de Sixto Cámara. Paralelamente editaba textos de índole diversa: el poemario Una educación sentimental, 1967; Recordando a Dardé, narrativa, 1969; en 1973, Manifiesto subnormal y El libro gris de la TVE, ensayos, y A la sombra de las muchachas en flor, poemas.
Incorpora en su obra saberes ligados a la política, la sociología, el cine, la publicidad, los comics y la canción popular. A pesar de la variedad genérica y temática, su nombre se reconoce fundamentalmente por la colección de novelas policiales cuyo protagonista es el detective Pepe Carvalho. La serie fue iniciada en 1970 con Yo maté a Kennedy e incluye, entre otras, Tatuaje, La soledad del manager, Asesinato en el Comitó Central, y hasta una recopilación de apuntes gastronómicos: Las recetas de Pepe Carvalho. Obtuvo los siguientes premios: Vizcaya por Movimiento sin éxito (poemas, 1969); Planeta (1979) y Prix International de Littérature Policiere (1981) por la novela Los mares del sur; Nacional de Literatura 1983 por Los pájaros de Bangkok, y el de Novela Policíaca por El balneario, Alemania, 1989.

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Todo empezó porque quise comprarme una maquina de afeitar o, mejor dicho, porque asistí a una Feria Internacional de Muestras. En el departamento de electrónica exhibían un analizador, y, embobado en la contemplación de la larga lengua blanca que salía de la boquita del monstruo, no advertí que alguien dejaba en mi mano un prospecto de propaganda. La misma firma que exhibía el analizador electrónico sugería que compraras máquinas de afeitar de su fabricación, y lo sugería una mujer a punto de ser besada por un hombre, mientras, vuelta hacia mí, pregonaba: Afeitado con… da gusto besar. Archivé la imagen en algún rincón de mi mismo y meses después, cuando ya estaba instalado en mi piso de renta limitada (cuatro habitaciones, baño y aseo, comedor living, cincuenta mil de entrada a descontar cada mes del alquiler, dos mil ochocientos ochenta de alquiler, portera incluida), entre el montón de necesidades que se nos plantearon a Juliana y a mi, apareció la máquina de afeitar, que podríamos compartir. Y un buen dia pasé ante “Establecimientos Millet”, en donde rezaba la leyenda: Desde un alfiler a un elefante. En el escaparate, un precioso surtido de máquinas de afeitar… Vacilé, porque siempre vacilo. No es éste el momento de explicar por qué vacilo, ni creo que exista una motivación correcta de mis vacilaciones. En todo caso, la contundencia. del slogan Afeitado con… da gusto besar, se me impuso y penetré en el establecimiento. Yo tenía una imagen ensoñada de un bazar. Recordaba una película vista cuando niño: El bazar de las sorpresas, y evocaba imágenes cinematográficas de policrómicos bazares orientales. El “Bazar Millet” era un bazar a nivel europeo, una audaz y sólida conexión entre Tradición y Revolución, plenamente reconfortante. Columnas y estucados liberty, muebles nórdicos y funcionales, una motora y un cartelón con hermosa bañista practicando el esquí acuático, ollas a presión, Jesucristos portabolígrafos, cortinas de arpillera, cortinas de tergal, escopetas de caza. Al fondo, entre columnas metálicas, se esparcían unas cuantas mesas donde los burócratas perseguían los rectángulos de las cuartillas, las letras y el papel moneda. Un burócrata de ojo fijo me miró con insolencia y, haciendo un gesto con la cabeza, me entregó a la solicitud de un hombre de aspecto atlético e importante, de nariz aplastada como la de un boxeador.
– ¿Su nombre?
Le dije mi nombre espontáneamente, sin extrañarme lo insólito del método.
– Bien, señor Millares, yo soy el señor Montesinos, a partir de este momento su guía y servidor. Montesinos me estrechó la mano y no me hizo daño, contra lo que prometia su aspecto. Me empu-jó amablemente hacia una habitación acristalada y derramó sobre una mesa centenares de catálogos.
-¿Quiere usted una lancha motora?, ¿un yate, quizás?
Lamenté no haberle dicho a Juliana que me planchara mejor los pantalones para estar a la altura del ofrecimiento de Montesinos y traté de recordar si me habia peinado con cuidado. Montesinos hundió en mis ojos una preciosa estampa de Portofino: el Aga Khan felizmente reinante tripulaba una motora de fabricación alemana, provista de mechero, tocadiscos, catre con vibraciones electrónicas para suscitar cachondez a asépticos sexuales y bafiera de color rosa con un mosaico de Chagall y un autógrafo del general De Gaulle. Rechacé la imagen con una sonrisa universitaria, de hombre con cultura que conoce las asechanzas de una ideologia dominante neocapitalista e incapaz de hozar en la charca de la socialdemocracia. Pero Montesinos había configurado en su rostro una mueca siniestra y abrió una portezuela por la que se metió en el despacho una mujer desnuda. En el estómago Ilevaba un tatuaje con la lancha de Karim. Sentí entre mis dedos la consistencia de un boligrafo y Montesinos empujó cincuenta letras de cambio hacia mi. Firmó dos o tres e intente decir algo, pero la muchacha se me sentó en las rodillas y acompañó mi mano en las restantes firmas. Firmé y me besó con limpieza de enfermera especializada en microbiología. Cuando ya estaba recordando mi necesidad de comprar una máquina de afeitar y de acostarme con la muchacha, ella desapareció por la portezuela y Montesinos, agarrándome por un brazo, me enfrentó a un televisor. En aquel momento, Amancio había conseguido el segundo tanto de la selección española ante Checoslovaquia y Montesinos y yo gritamos y bailamos alborozados. Después firmé las letras del televisor, mientras pensaba en la máquina de afeitar. Antes de que Montesinos tomase la iniciativa, se lo conté todo y él se marchó unos instantes, pero no me dejó solo. En su lugar penetró un trovador cuya ideología me fascinó inmediatamente:
¿Qué se hizo de Chevalier y de John Fitzgerald Kennedy? Muerte y desolación, condena humana es la vida, nada…
Pero Montesinos ya volvía con un muñeco metálico cuyos ojos luminosos me sonreían. Un barbero electrónico que, además, en caso de cansancio podia sustituirme en las obligaciones sexuales para con mi mujer. Me indignó, pero no lo exterioricé, y en seguida pensé en la necesidad de una jaula para el barbero mientras yo no estuviera en casa y Juliana se quedara sola. Le pedi la jaula y Montesinos, sonriendo, me tranquilizó. Aseguró que, en previsión de las necesidades del español medio, los americanos habian fabricado una urna de plástico para el barbero. Para mayor seguridad me enseñó la urna. Inmediatamente después compré un batiscafo y unas zapatillas árabes. No tuve valor para rechazar la oferta de un lote compuesto por un gato persa, una caja de latas de espárragos y una suscripción al París-Hollywood.
Montesinos cesó unos instantes en su actividad y se quedó silencioso. Yo también calIé abarcando con mi mirada todo lo que habia adquirido. Yo, hasta entonces, aparte del piso de renta limitada, apenas si era propietario de unos cuantos muebles, unos cuantos libros (la mayoría prohibidos por la censura) y un duro de plata con la efigie de Alfonso XII, rey prehistórico de España, que me dejó mi abuela materna, en paz descanse. Montesinos habló:
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Me sentó cariñosamente en una silla y se apagaron las luces. En una pantalla imprevista empezó a proyectarse un film sobre un safari. Una bella inglesa Ilega a África en busca de su marido, médico misionero al que se han comido en un consejo de ministros congoleños. El consejo de ministros pretende violar a la inglesa, que queda ferozmente semidesnuda en la selva. Cuando el Primer Ministro está a punto de fecundar un mulato, aparece un elefante vestido con una fajita con la bandera americana, y mata a patadas y trompazos a los congoleños. Fin. Se encienden las luces y, ¡oh maravilla!, un elefante de carne ante mi.
-¡Suyo es! -gritó Montesinos, entusiasmado.
Algo mis fuerte que mi educación y mi castración cultural se reveló dentro de mi, y me levan-té indignado. Lo peor es que alcé la voz y entonces Montesinos empezó a pegarme puñetazos y a dar voces. Los burócratas se movilizaron; penetraron en la cabina rompiendo los cristales y me pegaron con vergajos. Uno de ellos me introdujo los dedos en un enchufe eléctrico.
Firmé las letras y entonces me introdujeron en una lavadora gigante. Todo se llenó de agua y, después, un poder oculto me agitó como, a un gusanillo. Un aire cálido me secó y chorrillos de alcohol cerraron mis heridas. Un peine y unas varillas de aluminio me hicieron cosquillas. Entonces una catapulta me arrojó sonriente fuera de la máquina y fui a parar a la puerta de la calle, donde Montesinos ya tenía preparado el saludo de despedida. Me estrechó la mano y me aseguró que a partir del dia quince empezarían a pasar las letras.
Desde entonces mi historia es muy simple. Hube de dejar mi piso de renta limitada; Juliana, en parte por sus principios anticonsumistas y en parte por una elemental prudencia alimenticia, me abandonó y vivo en un cuartucho de las afueras. El elefante lo ocupa todo y para ver la televisión debo subirme a su lomo. La motora languidece en la calle, a donde nunca salgo. La única visita. que recibo es la del cobrador de las letras, que me las pasa por entre las patas traseras del elefante. Y para pagarlas debo traducir libros sobre ardillas y flores del inglés, corregir galeradas y compaginadas y escribir, de vez en cuando, cuentos como éste, que me pagan poco y tarde.

Glosario
Asechanza: Engaño o artificio para dañar.
Aseo: Toilette.
Batiscafo: Especie de submarino para explorar las profundidades del mar.
Burócrata: Funcionario público que ocupa un cargo administrativo, obteniendo de esta actividad sus medios de vida. Se considera la excesiva formalidad como un aspecto negativo del burócrata.
Cachondez: Apetito sexual.
Catapulta: Máquina de guerra usada antiguamente para arrojar piedras o flechas.
Compaginadas: Se aplica a las galeradas ordenadas para formar páginas.
Contundencia: Fig.: calidad de categórico.
Cuartilla: Hoia de papel, cuarta parte de un pliego.
Duro: Moneda o billete de cinco pesetas.
Escaparate: Vidriera.
Estucado: Revestimiento, hecho con una masa de cal y mármol pulverizado con que se cubren las paredes.
Galerada: Prueba de imprenta que se saca para corregir.
Languidecer: Desanimarse, perder el vigor.
Letra: Documento de giro mediante el cual el firmante ordena a una persona que pague, en un tiempo determinado, cierta cantidad a otra.
Motora: Lancha de motor.
Policrómico: Que presenta muchos colores.
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Pregonar: Anunciar a voces una mercancía.
Suscripción: Pago de cierta cantidad para recibir una publicación periódica.
Tergal: Nombre comercial de un hilo, fibra o tejido de poliester.
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Urna: Caja para guardar ciertos objetos.
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Vacilar: Dudar, estar indeciso.
Vergajo: Iátigo.
Notas
Aga Khan: Título que el Sha de Persia concedió, en 1834, al imán, jefe supremo de los ismaelitas. En la India existía el hábito de pesar al príncipe en diamantes con ocasión de su jubileo.
Alfonso XII: Rey de España, asumió al triunfar la restauración de la monarquía en 1875.
Amancio: jugador de fútbol español.
Aséptico sexual: Fig.: el abstinente.
Castración cultural: Fig.: autocensura.
Chagall: Pintor ruso, de origen judío.
Chevalier: Actor y cantante francés (1888-1972).
De Gaulle: Militar y poI!tico (1890-1970), creador de la
Quinta Repfiblica Francesa.
“Hozar en la charca”: Hozar: escarbar la tierra con el hocico. // Fig.: perderse en discusiones estériles o poco importantes.
Karim: Nieto del Aga Khan III, a quien le sucedió en 1957.
Kennedy, John F.: Presidente norteamericano (1961), asesinado en 1963.
Liberty: Estilo artístico, también conocido como art nouveau o modern style, que se manifestó fundamentalmente en arquitectura y diseño. Debe su nombre a Arthur Liberty, quien hacia fines del siglo pasado abriá en Londres una tienda difusora de la nueva estética. En tapicería se denomina así a un estampado de flores pequeñas, en tonos suaves.
Neocapitalismo: Concepto acuñado por algunos economistas para designar el período que se inicia en la segunda posguerra, caracterizado por una nueva revolución a nivel científico y tecnológico, especialmente en los campos de la informática y el desarrollo aeroespacial, así como por una fuerte intervención del Estado.
Portofino: Playa en el Golfo de Génova (Italia septentrional). Da al Mar de Liguria.